Bienvenidos a la exhibición de las atrocidades. Agentes oficiales que representan la institucionalidad normativa del Estado norteamericano (ICE), le disparan varias veces a una mujer mientras conduce su camioneta, otro día asesinan a balazos a un hombre hincado, balazos oficiales contra la indefensión. Los videos de las ejecuciones institucionales, arbitrarias e impunes, viajan de inmediato a los aparatos que se volvieron una extensión del sapiens en el sistema económico moderno. Recibimos videos de personas detenidas e institucionalmente desaparecidas por su color de piel, por su apariencia de migrantes, por tener la estética del Otro. Las imágenes hacen que la racionalidad y la empatía pidan a gritos que se largue Donald Trump. La demostración exagerada de violencia y poder contra su población, junto con las guerras capitalistas emprendidas contra la debilidad social por todo el mundo, provocan la reacción en la sociedad de rezar porque Trump deje la presidencia, ya sea por destitución u otros medios. Sin embargo, la generalidad no desea un después de Trump, sino regresar el antes de Trump. El deseo de cambio, las luchas y manifestaciones sociales no buscan superar el sistema económico de dominación, sino regresar al mismo sistema de opresión sutil y sin la transparencia que provoca culpa colectiva.
En La Estructura Psicológica del Fascismo, George Bataille estudia cómo los procesos de homogeneización de la sociedad generan una necesidad psicológica fascista. Esto gracias al sistema de dominación denominado “democracia occidental”. El sometimiento a la democracia no busca justicia, igualdad y bienestar por medio de la voluntad popular, sino en un primer momento la homogeneización social, el sometimiento general al sistema económico de producción, consumo y rendimiento. Después de la homogeneización, de conseguir el sistema dominante monopolizar la voluntad y el deseo, la misma sociedad legitima la expulsión del Otro sin culpa, en los sistemas democráticos modernos toda percepción de riesgo y peligro se dirige contra el sujeto no homogéneo, pero nunca contra el sistema que produce los peligros.
La psicología social era fascista antes de Trump, la negación de la ficción de los derechos humanos a grandes sectores sociales, negarle al ser humano vivienda, salud, educación, libertad y vida digna, no se exhibía a través de la violencia institucional directa como en la era Trump, se ocultaba y justificaba bajo la falsa responsabilidad individual de trabajar, producir, consumir y rendir. La negación sistémica al Otro del derecho a vivir, era solo responsabilidad de ese Otro: dormir en la calle, comer en la basura, dejar que personas mueran por falta de servicios hospitalarios mínimos, no es responsabilidad del sistema de opresión y dominio económico que ayer y hoy ejercen el poder, sino responsabilidad del oprimido, por no poder o querer trabajar, por no producir ni echarle ganas. Estas formas de acabar con el Otro, más sutiles, ocultas y prolongadas, se toleran en la democracia capitalista occidental. No hay deseo de un mañana, solo anhelo por ese ayer.
En la nueva trilogía de Exterminio (28 years later), el gran guionista Alex Garland (por cierto fan declarado de Mark Fisher), a través de la figura del zombie, nos narra la historia de un mundo postcapitalista. Cómo la representación de la ciencia y la razón occidental (Dr. Ian Kelson), trata de regresar por las vías racionalistas, al mundo “normal”, es decir al sistema económico capitalista antes del apocalipsis zombie, buscando la cura de la enfermedad del zombie – del sujeto heterogéneo -. Se expone a la razón como herramienta de sometimiento del Otro y de lo distinto. Nos muestra claramente cómo funciona el mecanismo de homogeneización occidental al amparo de la razón (“razón” no como capacidad biológica, sino deificación para someter y dominar).
Herbert Marcuse en Eros y Civilización, nos habla de cómo el sistema económico de dominio actual utiliza el concepto freudiano de principio de realidad para imponer límites en apariencia civilizatorios pero que tienden al dominio, la represión de los instintos no en beneficio de la sociedad civilizada, sino del fortalecimiento y crecimiento del sistema económico y la posición dominante. El dominio no solo se logra por la represión y la violencia (que son poder debilitado de acuerdo con Byung Chul Han), sino de la dominación del instinto, la gratificación, el placer y el deseo. Esta dominación del otro se ha logrado por volver a la razón (y en consecuencia a la ciencia) como principio fundamental de las relaciones entre las personas y de estas con el todo, con lo orgánico e inorgánico, con lo vivo y lo no vivo. Gracias a la razón el capitalismo consigue dominarlo todo.
La exhibición temporal de violencia de Trump, lejos de ser demostración de poder, es signo de un poder debilitado, esta debilidad no proviene de la debilidad del gobernante estadounidense, sino de la debilidad del propio sistema de dominio económico capitalista. A su vez, nos ha permitido hacer visible la ficción de los denominados sistemas de derechos humanos en las democracias occidentales. Los derechos de todos los seres humanos nunca han existido materialmente, nunca han tenido un método de goce universal y sobre todo no son un límite al poder. Al contrario, son mecanismo para someter y homogeneizar a la sociedad, su acceso está condicionado a que las personas se vuelvan individuos económicos, solo dentro del sistema de opresión se te dará acceso a los derechos. Estas ficciones protegen y conservan solo el estado de cosas actuales, principalmente la propiedad y la producción, no a los seres humanos, mucho menos su entorno que este sistema, al apropiarse también del lenguaje, ha denominado “recursos naturales”.
Pero en el sometimiento de la voluntad, el deseo e incluso la conceptualización e interpretación de la realidad, pensamos los derechos humanos como protecciones del ser humano contra el poder, nada más alejado de la realidad. Recordemos que Foucault expone cómo en la sociedad actual, el ejercicio de poder jerarquizado y disciplinario, en este panóptico de vigilancia moderna, no se ejerce por una persona, sino por una maquinaria. Es a esa maquinaria, a la que se encarga de proteger el sistema de derechos humanos, no a las personas. Los palestinos no tienen derechos por no ser sujetos e individuos sometidos al sistema de producción y consumo occidental. Son seres descartables, al igual que los animales y todos los seres orgánicos e inorgánicos que la razón decidió dominar.
No hay después de Trump. Veremos marchas y manifestaciones. Las atrocidades, las guerras, la represión y las ejecuciones institucionales se seguirán exhibiendo, transmitiendo, televisando. La sociedad homogeneizada y sometida al sistema actual de dominio económico pedirá volver a la falsa seguridad del ayer, al concepto de sistema de derechos humanos que protegen solo su deseo de apropiarse del otro y de seguir siendo elementos de producción. El deseo es regresar a la comodidad sin culpa, donde el Otro no esté tan próximo a volverse Yo, que el Otro no sea mi igual, volver al modo de vida en el que el Otro no tiene salud, recursos, ni vivienda, porque no se somete a la producción irracional, su casa es la banqueta, su derecho a la comida es la basura, su educación es la carencia y su salud una fantasía. Volveremos al sistema de derechos que asesinaba institucionalmente al Otro, al heterogéneo, al miserable, solo que más lento, por su culpa y lejos de la terraza instagrameable del restaurante donde exhibo mi brunch favorito.
MARCO AGUSTÍN RAMÍREZ RODRÍGUEZ
Abogado fiscalista, constitucionalista y especialista en Derechos Humanos.
Fundador y CEO de MR Boutique Legal
Director General de CIEJUF
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