No me gusta el cine moderno, sé que sueno a ese cliché de querer ser único y diferente pero realmente no me gusta la industria cultural de esta era caracterizada por la frivolidad y la superficialidad. El sujeto moderno vive sometido al consumo y la banalidad, evita a toda costa la profundidad. En el círculo perfecto de dominación-sometimiento, es la sociedad dominada la que termina demandando consumo de productos, incluyendo políticos y “artísticos”, de entendimiento inmediato, no pierde tiempo en la interpretación interna y asimilación tardía, solicita productos que anulen los espacios vacíos que serían llenados por el sujeto espectador y su pensamiento. Un ejemplo es el exceso de los nuevos formatos de cine llamados biopics, películas ficcionales de la vida de artistas, deportistas y cualquier tipo de personaje famoso, donde se nos explica de manera infantilizada quién es bueno, malo o atraviesa el gris. La ficción explicativa de la vida de personajes famosos es la nueva fórmula de la industria cultural: productos digeribles, pre-interpretados y seguros.
Por estas mismas fechas del año pasado me encontré un artículo publicado en la revista The New Yorker, llamado “El Nuevo Literalismo que está plagando las películas más grandes de hoy”, escrito por la profesora zambiana Namwali Serpell. Su concepto “Nuevo Literalismo” describe una de las principales característica de los productos culturales y políticos modernos: ser excesivamente explicativos e inmediatos, si bien antes se criticaba a la industria cultural por proponernos qué pensar, a veces con sutileza, hoy dejó de ser una propuesta, el producto cultural debe apreciarse de inmediato y de forma clara, incluso antes de salir de la sala de cine o del museo. Los diálogos, textos y símbolos de entendimiento no pueden admitir interpretaciones, hasta el subtexto es dado. El llamado público espectador no espera productos poco entendibles que puedan llenarse de significado en la interioridad de cada uno, la falta de interioridad provoca falta de sensibilidad. Por eso David Lynch respondía tantas veces en sus entrevistas que el cine no debe interpretarse con la lógica y la razón, tiene que ser una experiencia inconsciente e intuitiva.
El Nuevo Literalismo va más allá de lo literal y explícito, constituye la agresividad de explicar la explicación. Uno de sus efectos en la sociedad, es que la sobre-explicación de las formas del mundo, querer entender todo de forma fácil e inmediata (casualmente es una de las principales funciones de la IA), inhibe la posibilidad de desarrollar pensamiento propio. La gestión del deseo iniciada y justificada con la creación de la civilización, derivó en una sobre-explicación del deseo gestionado y los beneficios de la inhumana actualidad, esta necesidad de sobre-entender a través de la explicación exagerada y simplificada, impacta en otras áreas de la sociedad como la política y el derecho. De ahí el auge del nuevo populismo, la explicación simple de las enormes complejidades de la economía, la sociedad y el hombre, es el producto que más consume la población en las sociedades democráticas. El discurso de lo fácil, al igual que el cine sobre-explicativo, es lo más taquillero.
El literalismo genera también productos automatizados, la explicación externa y facilitación de todas las áreas humanas hace que la actividad productora (que no es lo mismo que creadora) se automatice. Al haber gestionado el deseo de los sujetos dominados hacia la facilidad y la superficialidad, y en un segundo momento provocando la demanda y exigencia social de explicación facilona y superficial, resulta en producciones a través de fórmulas, las fórmulas forman parte del cálculo, que es la base del algoritmo, antagonista del pensamiento y nulificador de la profundidad. El cálculo y el algoritmo eliminan los espacios, la sucesión en la producción calculada no requiere espacio, tampoco tiempo, requiere solo procesos acelerados. La sociedad moderna carente de espacios y de tiempo ha terminado con la imaginación y la creatividad, lo humano se ha sustituido por lo maquínico.
El derecho no escapa de este proceso de sustitución donde la automatización en la producción de normas se implementa por encima del pensamiento creador dirigido al ser humano, su convivencia y la naturaleza. Lo automático se dirige solo al progreso, que es enemigo de lo humano y lo natural.. Si en un inicio el principio freudiano de realidad se impuso con el -No- civilizador, derivó en la gestión dirigida al progreso meramente económico, y las normas dirigidas al progreso no tienen como punto central al ser humano, sino solo la producción y la expansión, lo humano se vuelve máquina y proceso, alejándose de lo natural. El político y el legislador conservan la apariencia humana pero funcionan como un elemento más de un proceso donde el poder se ejerce de forma jerarquizada y por múltiples elementos, cumpliendo, al igual que la maquina, una función a favor del progreso y la expansión del sistema económico. El humano aparente que participa en la política y la producción de normas son una parte de las funciones algorítmicas del sistema. No es posible establecer profundidad y pensamiento distinto de lo que necesita el aparato del progreso para preservarse y fortalecerse. ¿O acaso es posible legislar para desartícular los grandes capitales, el deseo de consumo y la acumulación?
El literalismo y la automatización se muestran en el derecho tributario, las normas jurídicas y la imposición externa de interpretaciones, asimilaron la progresividad en las tasas de tributación aplicadas sobre los ingresos de los contribuyentes, con el respeto al principio constitucional de proporcionalidad, por lo tanto son justas. La justicia ya es igual al cálculo de tasas diferenciadas de acuerdo al límite de los ingresos máximos mensuales de un sujeto obligado. Ante esta imposición de lecturas externas se imposibilita pensar lo justo como otras formas económicas, más humanas, afuera del sistema financiero o distinto del sistema de producción y ganancias monetarias. Pero la interpretación nunca es exterior, es una actividad humana que ocurre en el espacio interior y personal, es la actividad humana de apropiación de los textos, su sentido y entendimiento, la norma creada por lo externo se asimila e interpreta por el espíritu interior de cada ser humano para su provecho y desarrollo colectivo. Por otro lado, la interpretación solo externa, como la impuesta por jueces y cortes, no constituye una actividad humana de asimilación de textos para el desarrollo del ser, sino una actividad de ejercicio de poder más, dentro de las diversas y múltiples actividades disciplinantes del aparato económico de progreso.
Este año se estrena Duna parte tres, basada en el libro Messiah, Zendaya haciendo el papel de Chani, juega un papel distinto al del personaje original de la obra literaria, Zendaya se torna la intermediación entre la obra literaria y lo que debe entenderse por las figuras mesiánicas, la crítica ya no admite interpretaciones, se impone como demanda del público que gestionado y homogeneizado cree que cuestionará las figuras populares y carismáticas que ejercen el dominio en las democracias, pero le crítica no derivará del pensamiento, sino de la imposición de diálogos fáciles, aparentemente profundos y efectos visuales impresionantes, no hay espacio para la interpretación subjetiva. El texto del guión se vuelve canónico.
Al igual que en el cine, en la sociedad moderna son las cortes las que nos dicen cómo se debe leer la norma jurídica, provocando que la sociedad uniforme termine solo por tomar partido sobre si la lectura sacramental impuesta es pro-derechos o es anti-derechos, sin que sociedad y juristas puedan cuestionar o reflexionar dentro de un espacio y en la demora del tiempo, si debemos cerrar los ojos e intuir que la crítica tal vez no deba centrarse solo en la norma, sino principalmente en el proceso democrático y político de creación normativa que acabó con lo humano en el derecho, y sin lo humano, se imposibilita que las normas jurídicas se vuelvan el NO que, en contra del progreso, produzcan a través de un nuevo deseo, conceptos distintos de justicia, más naturales y que puedan surgir de sueños que no necesiten explicación.
MARCO AGUSTÍN RAMÍREZ RODRÍGUEZ
Abogado fiscalista, constitucionalista y especialista en Derechos Humanos.
Fundador y CEO de MR Boutique Legal
Director General de CIEJUF
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