Chivo Loco efectúa un performance poético, sin dientes, desde el encierro. El resultado de un castigo ejecutado por el sistema penal mexicano, ese que se sostiene con propaganda y apropiación de pensamiento. La mayoría de los habitantes del Distrito Federal de finales de los setenta y principios de los ochenta “saben” de la existencia de la banda Los Panchitos, un supuesto grupo al que los medios de comunicación calificaban como banda violenta de criminales punketos que aterrorizaban Tacubaya. El documental Sex Panchitos, dirigido por Gustavo Gamou, profundiza en la banda y en la marginalidad social a través de la narración en presente de tres sobrevivientes de la pandilla. Sus voces y sus pasos nos llevan a recorrer sus casas, sus vidas y la realidad de Sex Panchitos Band como forma de vida expulsada por el sistema económico, abriendo la ventana a la exterioridad de la sociedad mexicana, una sociedad que es democráticamente fascista y deshumanamente capitalista.
El documental se enfoca en tres personajes que desdoblan 3 distintas narrativas: Ulti alejado de los vicios y el crimen se sostiene con la meta, la motivación y el deseo de sacar adelante a su hijo, inscribiéndolo en la escuela – institución simbólica que disciplina los cuerpos y el pensamiento -, espera algún día formar una familia – la segunda institución homogeneizadora – con la mamá de su hijo que vive tras las rejas, quien saluda a su hijo a gritos desde los pasillos de Santa Marta. Chivo Loco que no quiere morir encerrado en una caja de zapatos, condenado a 30 años de prisión por un homicidio que no niega, un artista con otra sensibilidad que de rodillas reza por su libertad, necia necesidad de todo ser orgánico e inorgánico. Y Canon quien vistiendo las mejores playeras de Sex Panchitos trata de iniciar una fundación, obstaculizado por la pobreza y la completa ignorancia del funcionamiento formal de las instituciones sociales desea ayudar a personas en situación de calle, a los Otros excluidos que son ellos mismos.
Vemos una escena donde una señora ex-integrante de la banda los panchitos, va a prisión a visitar a Chivo Loco, le lleva un álbum de fotos de los tiempos en que operaba la pandilla, las fotos conservan la imagen del pasado y son herramientas que purifican narrativas. El álbum exhibe que los Sex Panchitos no eran monstruos, no representan la imagen del enemigo que socialmente imaginamos merecedor del castigo, del sufrimiento de lo no-humano. Eran niños jugando, sobreviviendo en un sistema que te obliga a decidir entre ser guardia de seguridad con turnos de 24 horas a cambio de un sueldo que apenas alcanza para unas quesabritas y tu camión para ir al trabajo, o servirte de los excesos de la producción con tus manos, tus amigos de barrio y tus reglas. Mediante la contracultura y el punk, los panchitos crearon una forma de vida afuera de la sociedad. Su consigna “vamos de compras” era la confrontación a los modelos interiores de la sociedad dominada. Pero esa manera de sobrevivir – sin sometimiento a la explotación – apropiándose de lo necesitado y lo deseado por medio de la violencia, es la afrenta más peligrosa para el sistema económico de exterminio, producción y exclusión, sobre todo si vives violentamente desde el afuera, mientras ríes y tocas temas de los sex panchitos punk band.
Los medios de comunicación, el “negro” Durazo y el Presidente López Portillo demonizaron a la pandilla, como propaganda del enemigo para conseguir dos fines: fortalecer el sistema económico y justificar la violencia sistémica que se ejerce contra la población. A través de la exhibición de sus delitos, sus detenciones e imposición de sanciones, confirman que lo homogéneo, lo no productivo, merece la prisión, la calle y la expulsión de lo social (de lo igual). La sociedad homogénea interioriza el deseo del sistema represivo, y en esa sujeción exige a la clase dominante el castigo y la violencia institucional contra el Otro, confirmando que es justo el castigo de prisión para Chivo Loco: 30 años por homicidio doloso. Se considera injusto que las masas se esfuercen por trabajar de sol a sol a cambio de un salario que no alcanza para sobrevivir, mientras que los vándalos solo roban, se drogan y escuchan música de drogadictos. El sistema logró que las masas no analizaran ni profundizaran. Sufren paranoia, proyección y miopía sistémica. No logran ver con claridad que la maquinaria dominante y su operador: la clase política, asesinan y despojan no a una persona en una riña, o a una población completa en un ataque que denominan guerra, sino a toda la sociedad homogénea, no menos por acumulación y despojo, que por la imposición generalizada del sistema disciplinario, tributario y de cosificación de la persona.
Israel, Trump y el sionismo ideológico contemporáneo, han exhibido en redes sociales y a la luz del día que Foucault tenía razón, el sistema de justicia penal occidental moderno no tiene como finalidad la justicia, ni combatir la delincuencia, mucho menos la broma de la reinserción social. Su finalidad originaria de disuadir a la población a no actuar en perjuicio del grupo social, o se desvió o siempre fue una ficción. El sistema penal crea al delincuente a través de la administración de ilegalismos de acuerdo a los intereses de la clase dominante. Al estandarizar el castigo a la prisión y la multa -prisión para el miserable, multa para el privilegiado – se anula la funcionalidad social del castigo y se impone como mera violencia contra la población para homogeneizar un modelo de vida que sirva para fortalecer al sistema económico jerárquico e impersonal de poder. En el dominio lingüístico y significante moderno portarse bien significa: trabajar y endeudarse para consumir. El rendimiento es la definición moderna de persona. Al heterogéneo que cuestiona y confronta al sistema que él mismo excluyó, se le violenta con la imposibilidad de sobrevivir y con el encierro en prisión, convirtiéndo la pena ya no en necesidad social, sino en modo formal de exterminio. México es el triunfo cínico del sistema económico, al mantener en la Constitución la prisión preventiva oficiosa, el sistema de dominación económica triunfa sobre toda institución, incluso sobre los jueces que se mitologizaron como freno al poder para mantener la ficción de los derechos humanos.
Pero la confirmación del sometimiento general al sistema de dominio económico, incluso de los extractos sociales que cuestionan al poder y al sistema, es el propio documental. Resulta impensable narrar un documental desde la forma de vida delincuencial en tiempo real (le llaman apología del delito). El documental muestra a un panchito reformado, uno en prisión y uno que imposibilitado para reinsertarse a la sociedad, desea formar parte de ella, buscando una oficina entre los escombros de las viviendas que les demuelen grandes compañías inmobiliarias con autorizaciones gubernamentales. Solo cuando el sistema absorbe al Otro es posible mostrarlo con éxito en el Foro al Aire Libre de la Cineteca Nacional Chapultepec, ahí el público de la industria cultural aplaude la llegada de los Panchitos como invitados estrellas de la cultura. La inconformidad absorbida por la industria no incomoda ni es transformadora. Aunque todavía podemos desear y fantasear que algún neopanchito le hubiera robado la bolsa a la señorita del público que como muestra del fetiche capitalista, segundos antes de iniciar el documental, gritaba en su smartphone sus negocios de ventas de caballos, confirmando que el sistema funciona en la medida que se apropia igual de un animal que de un delincuente, para venderlo, montarlo o encerrarlo en una caja de zapatos.
MARCO AGUSTÍN RAMÍREZ RODRÍGUEZ
Abogado fiscalista, constitucionalista y especialista en Derechos Humanos.
Fundador y CEO de MR Boutique Legal
Director General de CIEJUF
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