BRASIL. LA DEFENSA DEL DERECHO AL DESCARTE

Una de esas noches de desvelo me quedé otra vez scrolleando, ya tarde y sin sueño me puse a buscar en mi teléfono por qué un sector de Brasil terminó votando por Flávio Bolsonaro. Quería salir un rato de mi algoritmo y encontrar un pensamiento contra el cual discutir y pensar seriamente en el resultado electoral brasileño. Lo primero que me encontré fue al candidato bailando, una y otra vez, video tras video, después un video viral de Neymar también bailando el tema de campaña de Flávio Bolsonaro, no me rendí y terminé encontrando entrevistas donde personas en las calles hablaban de sus emociones, enojo con Lula y con su gobierno, casi todas con las mismas respuestas: “20 años en el poder sin resultado”, “corrupción” y “necesidad de cambio”, ninguna propuesta clara, solo reacciones generadas por una emoción: descontento.

Busqué entonces del otro lado. Los videos más vistos de Lula advertían sobre los peligros de la extrema derecha, mostraban marchas y multitudes movilizadas apoyándolo y rechazando la ultraderecha, denunciaban la apropiación de los recursos del país y llamaban a defender la soberanía brasileña y al pueblo. Tampoco ahí encontré un plan pero si el intento de producir emociones, no pensamientos, principalmente miedo y orgullo; tampoco me rendí y los argumentos más o menos analíticos racionalizaban también la emoción del porqué no al Otro. Dos bandos opuestos en proyectos políticos, cada uno hablando a un sector, queriendo lograr mayorías por movilización de emociones y reacciones.

Como todos sabemos, las elecciones en Brasil del pasado 4 de octubre colocaron a Flávio Bolsonaro por arriba del candidato Lula da Silva, el hijo del expresidente Jair Bolsonaro obtuvo una diferencia de menos de dos puntos, poco más de 2 millones de votos, conforme con el sistema electoral brasileño van a una segunda vuelta el 25 de octubre para elegir en definitiva quién será su presidente. Esta ventaja que logró Flávio Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones pone mi atención en los resultados electorales en el sur del continente americano, donde en las últimas elecciones han obtenido mayorías electorales los candidatos que representan las políticas llamadas coloquialmente de derecha o de extrema derecha, pero que constituyen la instauración de la política económica y jurídica estadounidense, ese sistema de acumulación y descarte, las elecciones en América se encuentran legitimando un modelo de producción automatizado de bienes de consumo a través de la eliminación del Otro y de lo otro que estorbe la expansión irracional del capital.

Casualmente – o no -, fue también en octubre cuando el mundo presenció el inicio de la nueva política de muerte acelerada, el establecimiento de colectivos, poblaciones y culturas desechables, en cuanto se vuelvan obstáculos a la expansión capital acelerada. Fue en octubre cuando se hizo visible un genocidio contra el pueblo y la cultura palestina en la franja de Gaza, perpetrado por el Estado de Israel y sustentado por la economía estadounidense. Además de ser un genocidio en vivo, en tiempo real, mostrado a todo el mundo por las mismas redes empresariales sociales, su transparencia fue también un experimento, una prueba social. El examen definitivo, ¿la política violenta estadounidense tenía la posibilidad de acabar con todo Otro obstáculo de la expansión irracional industrial, de la acumulación y la apropiación violenta de lo útil sin ninguna oposición material? Todos somos testigos de la respuesta.

Uno de los triunfos del sistema económico y político estadounidense fue la instauración de los derechos liberales y su instrumentalización en el discurso, la narrativa y lo jurídico, la producción del deseo de las mayorías electorales que, fervientemente y llevadas por la emoción, acuden a las urnas a legitimar el sistema que de origen las considera desechables. En el centro de esos derechos está la propiedad, asimilada a la dignidad humana, cada quien es dueño de su persona y de lo que su trabajo arranca a la naturaleza. Hannah Arendt en La condición humana argumenta que la propiedad era un lugar en el mundo, un sitio propio desde el cual pertenecer a la comunidad política, la propiedad no era sinónimo de riqueza. La modernidad asimiló las dos, pero lo que protegió con el nombre de propiedad fue la posibilidad de adquisición sin límite, la acumulación como un proceso automatizado e infinito. Arendt identifica el nacimiento de la economía moderna en el despojo: la expropiación de los campesinos y de las tierras de la Iglesia dejó a poblaciones enteras sin lugar en el mundo, expuestas a la pura necesidad de sobrevivir, y de ese despojo nació la acumulación de riqueza. La acumulación se sirvió de la expulsión. Sin embargo, la propiedad y el derecho de apropiación caminan en sentidos opuestos (aunque el discurso liberal los presente como hermanos): la primera otorga a cada quien un lugar, pertenencia, participación política (no solo electoral), el segundo despoja y con ello anula la participación política. ¿Qué defienden entonces las mayorías cuando votan en nombre de la propiedad y de la libertad? La libertad de que otros acumulen, y el derecho de esos otros a descartarlas.

La propiedad privada, al considerarse un derecho humano, tiene una protección especial, se considera en occidente una extensión de la persona, una necesidad para su dignidad, para ser. Sin embargo el derecho a la propiedad privada no constituye el derecho a la apropiación del Otro, de lo otro, del medio ambiente, de sus recursos. La acumulación no es una derivación del derecho humano a la propiedad, tampoco constituye el ejercicio de la libertad, como argumenta Elon el trillonario. Es gracias a la deformación de los derechos de propiedad y del ejercicio de la libertad, que las mayorías electorales defienden en las urnas americanas el derecho a la acumulación, aun cuando incluye otorgar al sistema y sus grupos corporativos el derecho al descarte. Mientras ellos matan, eliminan, acumulan; los otros desechables son sus defensores, sus votantes y sus seguidores.

Este sistema de descarte va siempre de la mano de la apropiación y la acumulación, no se entiende la apropiación sin el derecho de descartar, sea al Otro, a los otros o lo otro. Solo la eliminación del derecho a existir posibilita la apropiación. Es la anulación de la existencia del Otro lo que permite la acumulación, pero es la narrativa y la maquinación de deseos la que nubla esta visión y maquina el flujo de derechos exigidos para proteger un sistema económico totalmente irracional. La producción del deseo de derechos liberales con significados inhumanos ha creado una sociedad y un sistema jurídico que protege el derecho al descarte.

Este sistema jurídico y económico que se expande por el sur del continente americano no podría existir sin el moldeo, durante décadas, de la individuación y atomización social. La construcción de una cultura narcisista terminó con la mirada hacia el Otro, con la posibilidad de reconocernos en ese otro, cuando dejamos de reconocernos en todos y todo, validamos su naturaleza desechable, no solo en lo económico también en lo emocional, cambiamos los lazos sentimentales que conforman relaciones afectivas y al mismo colectivo, por lazos emocionales, descartables y reaccionales. Esta individuación y desconocimiento del Otro distinto es la tierra donde germinó la sociedad de la acumulación, la apropiación y la posibilidad económica, jurídica y mayoritaria de eliminar al Otro.

La individuación del hombre anuló también el sentimiento de percepción y conciencia de sí mismo, como consecuencia de las relaciones intersubjetivas, la pérdida del Otro constituye la pérdida de uno mismo, se elimina el territorio y la pertenencia, condiciones que son consecuencia de las relaciones entre personas. Lamentablemente esta falta de pertenencia que se produce por la misma anulación de lo Otro distinto y conjuntivo, además de eliminar la posibilidad de re-formar el colectivo, produce una neurosis social que hace que las personas se refugien en lo seguro, en el fanatismo religioso que también es el respaldo electoral del sistema político y económico estadounidense en expansión (a mediados de septiembre, Datafolha registró a Flávio Bolsonaro con 48% de la intención de voto entre los evangélicos, frente a 26% de Lula).

La violencia ejercida contra todo lo otro por el sistema bélico-económico estadounidense, tuvo que producir una narrativa controlada, viralizada en medios corporativos de comunicación digital, en mecanismos aceleradores de tiempo y captores de la atención: redes sociales digitales productoras de emociones. Esta violencia y el discurso que trata de modificar la percepción de su naturaleza, ha degenerado la realidad de los derechos humanos liberales. La realidad actual de los derechos de propiedad y de libertad se erige como la base del sistema económico y jurídico de eliminación-apropiación. Este sistema se sostiene gracias a los sistemas electorales de democracia institucional occidental, para ello no bastó modificar la percepción de los derechos liberales y su significado, sino que era necesario atomizar al sujeto, individualizarlo, cambiar el pensamiento y la sensibilidad por meras emociones y activarlo-dirigirlo mediante inputs. Es entonces esta individuación y esta no-pertenencia del nuevo sujeto democrático, las que exigen en las urnas brasileñas que sus futuros gobernantes puedan ejercer libremente su derecho natural al descarte. Vemo entonces en el video de Neymar como baila creyendo, al igual que una parte del electorado, que el descartado siempre será el otro.

Lic. Marco Ramírez Rodriguez

MARCO AGUSTÍN RAMÍREZ RODRÍGUEZ

Abogado fiscalista, constitucionalista y especialista en derechos humanos.

Fundador y CEO de MR Boutique Legal

Director General de CIEJUF

Loading

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más publicaciones

Compartir

Facebook
Twitter
LinkedIn
Telegram
WhatsApp
Email